El tablero como espejo del alma y las sesenta y cuatro puertas de la existencia
Por la Redacción de La Sabiduría de Thot
Entre los juegos que la humanidad ha heredado de sus civilizaciones más antiguas, ninguno guarda un simbolismo tan denso como el ajedrez. Su origen se pierde en la memoria de pueblos que ya sabían leer el cosmos como un texto cifrado, y quienes se han asomado a sus fuentes remotas entre ellos el arqueólogo Pablo Scleiman, al situar sus primeras trazas en la Atlántida sumergida coinciden en algo esencial: el tablero no fue concebido como entretenimiento, sino como un mapa iniciático. Bajo la óptica de la antropología psicoanalítica, cada partida representa la vida misma: un desplazamiento constante entre lo blanco y lo negro, entre la luz y la sombra que estructuran la mente y, con ella, cada acontecimiento venturoso o adverso, cada tránsito de salud o de enfermedad que atravesamos en la existencia.
EL NÚMERO OCULTO EN LA MADERA DEL TABLERO
La Cábala no puede separarse de esta geometría. Los cuatro lados del tablero remiten de inmediato a los cuatro elementos que sostienen toda manifestación agua, tierra, aire y fuego, mientras que las ocho casillas de cada lado, multiplicadas en sus dos direcciones, entregan el número sesenta y cuatro: reducido cabalísticamente (6+4), desemboca en el diez, cifra de la ley de evolución e involución. No es casualidad que la propia vida se comporte como el escenario de ciento ocho existencias, número que los pueblos tibetanos custodian en las cuentas del japamala: cada existencia, una casilla más en el tablero de la conciencia; cada casilla, una oportunidad para revolucionar el ser o para hundirse en la involución.
Sobre esas sesenta y cuatro casillas gobiernan leyes cósmicas precisas. Los treinta y dos escaques negros representan los territorios donde se salda el karma; los treinta y dos blancos, aquellos donde se acumula capital cósmico, dharma. De igual modo, las dieciséis piezas oscuras se asocian a la torre fulminada arcano de la involución y las dieciséis piezas claras a la senda ascendente de la evolución, dos mitades de un mismo ciclo que todo ser recorre sin descanso sobre el tablero de su propia existencia.
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El tablero no enseña a ganar: enseña a reconocer qué pieza interior mueve cada decisión de nuestra vida. La Sabiduría de Thot |
LAS PIEZAS: ANATOMÍA INTERIOR DEL JUGADOR
Cada figura sobre el tablero es, en realidad, una cualidad del ser humano en formación, un aspecto necesario para que la fuerza crística universal pueda encarnar y edificar los cuerpos superiores de los que habla la antropología gnóstica: el cuerpo físico, el astral o de las emociones, el mental y el causal o de la voluntad. Elevar cada uno de estos vehículos exige el trabajo consciente de los cuatro elementos, tanto internos como externos, y ese trabajo se corresponde punto por punto con una psicología precisa.
El agua enseña la capacidad de adaptación: ser, como ella, el líquido que toma la forma del recipiente que lo contiene, y de ese principio extraer éxito en cada área de la vida. La tierra enseña a discernir sin rechazar, a comprender el bien dentro del mal y el mal dentro del bien sin identificarse jamás con ninguno de los dos. El aire otorga prontitud de idea consciente ante las situaciones blancas o negras que la existencia presenta sin previo aviso. Y el fuego enseña a habitar entre las llamas de la pasión sin fundirse en ellas, a arder sin consumirse.
EL PEÓN, LA TORRE Y EL DESTINO DE LO PEQUEÑO
En toda partida llega el instante en que una pieza debe sacrificarse, y son generalmente los peones símbolo del trabajo diario, silencioso, repetido quienes ocupan ese lugar. Pero el destino de un peón no es la extinción: es la autorrealización. Al final de su trayectoria, si logra atravesar el tablero entero, se transforma en caballo, alfil, torre o incluso reina. Es la imagen exacta de nuestras facultades cotidianas, llamadas a perfeccionarse hasta ponerse enteramente al servicio del Ser interior profundo.
La torre vigila desde las esquinas del tablero con una psicología trascendental: observa cada movimiento, día tras día, en todas las áreas de la existencia. El alfil se desplaza siempre en diagonal, cualidad de transmutación que nunca avanza en línea recta porque la transformación interior tampoco lo hace. El caballo, con su salto imprevisible, recuerda que de todos los actos se rinde cuenta, que ningún movimiento escapa al juicio silencioso de la ley.
| El caballo siempre nos da la justa medida a través de la ley, para que no caigamos en la ilusión —maya— del falso sentimiento del ego. |
EL REY, LA REINA Y EL TRONO DISPUTADO
En el centro de esta arquitectura simbólica reinan el rey y la reina, figuras que sintetizan el conflicto y la ayuda que atraviesan toda vida interior. El rey blanco representa el espíritu; su contraparte, el rey negro, es el ego. Y aunque el rey domina en teoría el tablero entero, se mueve apenas una casilla por turno: así, en este mundo tridimensional donde habitamos, los valores más altos del espíritu quedan constantemente limitados por el ego, al que es preciso comprender y disolver para que el Ser retome la dirección del juego de nuestra propia vida.
La reina, en cambio, en sus dos colores, encarna la asistencia de la Madre Divina en todos los planos y dimensiones: actúa de inmediato, y de ahí su largo alcance de movimiento, que respeta siempre las cualidades ya conquistadas por la conciencia individual. Porque las elecciones se realizan aquí, en este mundo, bajo el libre albedrío y es precisamente ese albedrío el que el jugador debe aprender a ejercer con sabiduría, no con impulso.
SESENTA Y CUATRO CASILLAS, UNA SOLA INVOCACIÓN
Así, el ajedrez revela un simbolismo trascendental cuyo propósito último es servir al despertar de la conciencia a través de las existencias. No se olvide nunca que se erigieron mundos, galaxias y razas enteras para que pudiéramos disponer de un cuerpo físico con el cual emprender la autorrealización; y que en ese camino es posible transitar con éxito, abundancia y salud si aprendemos a mover con acierto cada una de las piezas interiores que nos representan sobre el tablero. La ley habita dentro de nosotros: ya no hay lugar para el engaño.
Por ello, siempre vigilantes desde la torre interior, observando cada movimiento propio en todas las áreas de la vida, es posible aprovechar las fuerzas creadoras de la supra-sexualidad, equilibrar los centros internos y acudir, cuando sea necesario, a la oración dirigida a la Madre Divina representada cabalísticamente por el arcano diez, pues 6+4 vuelven a sumar diez en las sesenta y cuatro casillas del tablero. Ella es IO, y con ese mantra puede invocarse en cualquier instante. Ella siempre asiste al discípulo que sabe, por fin, mover con sabiduría las piezas del juego de su propia vida.
Quien comprende el tablero, deja de jugar contra otro: comienza a jugar contra su propio ego.


