Bajo la apariencia de un cuento para la infancia, la historia recogida por los hermanos Grimm guarda el mapa completo de una iniciación: la caída de la Esencia, la usurpación del Ego, el trabajo subterráneo de los siete cuerpos, la muerte aparente y las bodas alquímicas con el Ser.
Leída a la luz de la Gnosis enseñada por Samael Aun Weor, la fábula deja de ser una historia de princesas para convertirse en un tratado de psicología revolucionaria escrito en un lenguaje de nieve, sangre y ébano.
Por Labán Jhotam
I. El cuento como cofre sellado
Los pueblos no confiaron sus secretos más altos a los tratados, sino a las nodrizas. Lo que en los templos se custodiaba bajo juramento, en las aldeas se decía junto al fuego, a media voz, a los niños que aún no sabían que estaban siendo iniciados. El cuento maravilloso es el más humilde y el más resistente de los vehículos de la sabiduría perenne: sobrevive a las persecuciones porque nadie lo toma en serio.
Samael Aun Weor insistió en que los mitos, las leyendas y las escrituras sagradas de todos los pueblos están escritos en clave: narran, bajo la forma de acontecimientos exteriores, los procesos íntimos de la conciencia. La tradición gnóstica no lee la letra, que mata, sino el espíritu, que vivifica. Cada personaje es una fuerza del alma; cada escenario, un estado interior; cada prueba, una etapa del camino.
Conviene, sin embargo, una precisión de método. La Blancanieves que aquí interrogamos no es la de la pantalla, edulcorada, con enanos bautizados según su temperamento y un beso como desenlace. Es la del relato fijado por Jacob y Wilhelm Grimm en sus Cuentos de la infancia y del hogar, revisado por última vez en 1857: más áspera, más cruel y, precisamente por ello, más fiel a su simbolismo originario. Allí no hay beso; hay una sacudida. Allí la reina no cae por un precipicio; danza con zapatos de hierro al rojo vivo. En un texto iniciático, cada detalle es una puerta.
II. Nieve, sangre y ébano
El cuento se abre en pleno invierno. Una reina cose junto a una ventana de marco de ébano mientras caen copos de nieve. Se pincha el dedo, y tres gotas de sangre caen sobre la blancura. Contemplando aquel contraste, desea una hija blanca como la nieve, roja como la sangre y negra como la madera de la ventana.
Ningún alquimista pasaría por alto esta tríada. Negro, blanco y rojo son las tres fases clásicas de la Gran Obra: la nigredo, la albedo y la rubedo. La putrefacción donde la materia bruta muere; la purificación donde el alma se blanquea; la fijación del fuego donde nace la Piedra Filosofal. La niña que va a nacer es, desde su misma concepción, un programa alquímico. Su destino está escrito en sus colores: habrá de recorrer las tres obras.
El invierno tampoco es un decorado. En el lenguaje hermético, el invierno es el estado de la materia dormida, el alma congelada en la mecánica de la existencia. Toda iniciación comienza en invierno, porque sólo quien reconoce su frío interior busca el fuego. Y las tres gotas de sangre sobre la nieve anuncian el precio: nada se engendra en el plano del Espíritu sin sacrificio, sin la herida voluntaria de la mano que cose, que teje, que trabaja.
III. La madre que muere y la madrastra que reina
La reina da a luz y muere. Al cabo de un año el rey toma una nueva esposa: bella, soberbia, incapaz de tolerar que alguien la supere. En esta sustitución silenciosa se cifra el drama central de la psicología gnóstica.
Blancanieves es la Esencia: esa fracción de conciencia pura, el Buddhata, que cada ser humano trae al nacer. Samael enseñaba que durante los primeros años la Esencia se manifiesta con relativa libertad, y de ahí procede la belleza inconfundible de la mirada infantil; después, poco a poco, queda embotellada, cubierta por la personalidad y aprisionada entre los agregados psicológicos. No es casual que el cuento precise que Blancanieves, al cumplir siete años, se vuelve más hermosa que la reina. Siete años es la edad tradicional en que la personalidad termina de formarse, y con ella comienza la guerra abierta entre lo que somos y lo que creemos ser.
La madre que muere es el vínculo vivo con la Madre Divina, perdido en el descenso del alma a la materia. La madrastra es su falsificación: el Ego, el yo pluralizado, que ocupa el trono vacío y se proclama soberano. No es madre sino usurpadora; no engendra, devora. Por eso, cuando el cazador le entrega los pulmones y el hígado de un jabato haciéndole creer que pertenecen a la niña, ella los manda cocinar con sal y los come. El Ego se alimenta de la sustancia de la conciencia. Cada vez que nos identificamos con una emoción negativa, con un deseo o con un orgullo, es la Esencia la que resulta consumida.
IV. El espejo que no puede mentir
La reina posee un espejo que no miente, y cada día le pregunta quién es la más bella del reino. Mientras la respuesta la nombra a ella, vive tranquila.
El espejo es la mente. Más exactamente, la mente puesta al servicio del Ego, que no busca la verdad sino la confirmación. La reina no interroga al espejo para conocerse, sino para escuchar su propio nombre. Tal es la esencia de la vanidad: una conciencia que sólo mira para ser mirada.
Y sin embargo, el espejo dice la verdad. Aquí el cuento introduce una sutileza admirable: ni siquiera la mente dominada por el Ego puede ocultar, en su fondo, la existencia de la Esencia. Algo en nosotros sabe que la belleza verdadera no reside en la personalidad. El espejo es a la vez instrumento de la vanidad y posibilidad de la autoobservación. La Gnosis enseña precisamente a darle la vuelta: a usar la mente no para admirarse, sino para descubrirse; no para preguntar quién es el más bello, sino qué yo está actuando ahora mismo en mí. El mismo cristal que alimenta al Ego puede convertirse, bien empleado, en el primer instrumento de su muerte.
V. El cazador y el bosque
La reina ordena a un cazador que lleve a la niña al bosque y le dé muerte. Él no puede: conmovido por su belleza, la deja huir.
El bosque es el mundo interior inexplorado, la espesura del subconsciente, donde las fieras, que son los agregados y las pasiones, merodean en la penumbra. La Esencia, expulsada del palacio, debe atravesarlo sola. Pero el relato dice algo extraordinario: las fieras pasaban junto a ella sin hacerle daño. Existe una protección misteriosa para quien camina en la inocencia.
El cazador representa la Ley en su aspecto misericordioso: la Justicia que podría ejecutar y no ejecuta, el Karma que concede un plazo. En la enseñanza samaeliana, la Ley no es venganza sino equilibrio, y la misericordia se ofrece siempre a quien todavía puede trabajar sobre sí. Blancanieves no es salvada del camino; es devuelta a él. La huida no clausura la prueba: la inaugura.
VI. Más allá de las siete montañas
Al caer la noche, la niña llega a una pequeña casa situada detrás de las siete montañas. Todo en ella es diminuto y exacto: siete platitos, siete cucharitas, siete vasitos, siete camitas. Prueba cada lecho, y sólo en el séptimo encuentra reposo. Sus moradores son siete enanos que pasan el día en las montañas, cavando en busca de mineral.
El siete es el número de la plenitud en todas las tradiciones: siete planetas de los antiguos, siete notas de la escala, siete días de la creación, siete iglesias del Apocalipsis, que la Gnosis identifica con los siete chakras dispuestos a lo largo de la médula espinal. En la enseñanza de Samael Aun Weor, el ser humano auténtico posee siete cuerpos: físico, vital, astral, mental, causal, búdhico y átmico. Pero el hombre común, al que Samael llamaba con severidad el animal intelectual, sólo dispone de vehículos lunares, protoplasmáticos, heredados mecánicamente de la naturaleza. Los cuerpos solares no se reciben: se fabrican mediante el trabajo alquímico con la energía creadora.
He aquí por qué los habitantes de la casa son enanos. Son potencias reales, pero todavía pequeñas; vehículos en estado germinal que aguardan crecer. Viven más allá de las siete montañas porque habitan planos más sutiles que el físico, y su morada está perfectamente ordenada porque la naturaleza superior obedece a leyes exactas. Que Blancanieves sólo encuentre descanso en el séptimo lecho no es un detalle doméstico: la Esencia sólo reposa verdaderamente en lo más alto, en el séptimo principio, en el Íntimo.
Y los enanos trabajan en la mina. No existe imagen más hermética. El lema de los alquimistas, Visita Interiora Terrae Rectificando Invenies Occultum Lapidem, ordena descender al interior de la tierra para encontrar, rectificando, la piedra oculta. La tierra es el propio cuerpo, el propio psiquismo y, sobre todo, el fondo creador de la naturaleza humana, que la Gnosis considera el laboratorio de la Gran Obra. Los enanos no extraen oro de una montaña exterior: cavan en el fondo de nosotros, allí donde duerme el metal que ha de ser transmutado.
Blancanieves es acogida con una sola condición: que cuide la casa, cocine, haga las camas, lave, cosa y teja, y lo mantenga todo limpio y en orden. La Esencia no puede habitar entre los cuerpos del Ser sin trabajar. La limpieza cotidiana de la casa es la imagen exacta de la disciplina interior: la depuración paciente, la atención a lo pequeño, el servicio. La Esencia sirve, y al servir crece.
Antes de marcharse cada mañana, los enanos le advierten: no abras a nadie. La madrastra sabrá dónde estás. La advertencia es la de todo instructor a su discípulo: el Ego no abandona su presa cuando ésta emprende el camino; al contrario, redobla el asedio.
VII. Los tres venenos
El espejo vuelve a hablar, y la reina descubre que la niña sigue viva. Tres veces se disfraza de anciana buhonera y tres veces llama a la puerta. La primera, ofrece unos cordones de corsé de colores y ciñe con ellos el pecho de la niña hasta dejarla sin aliento. La segunda, un peine envenenado que clava en su cabello. La tercera, una manzana.
Tres asaltos dirigidos a tres centros del ser humano: el pecho, la cabeza y la boca que come. La tradición gnóstica conoce bien esta trinidad del mal. Samael Aun Weor enseñó que los tres traidores del drama crístico, Judas, Pilatos y Caifás, no son figuras de la historia sino fuerzas vivas dentro de cada uno de nosotros: el demonio del deseo, el demonio de la mente y el demonio de la mala voluntad.
El cordón que oprime el pecho es Caifás, la mala voluntad que estrangula el corazón, allí donde debería latir la voluntad verdadera. El peine clavado en los cabellos es Pilatos, el demonio de la mente, que se instala en la cabeza, todo lo razona, todo lo justifica y termina lavándose las manos. La manzana es Judas, el deseo, que vende al Maestro por treinta monedas y cuyo fruto nos devuelve al jardín del Génesis.
Dos veces los enanos salvan a Blancanieves: cortan el cordón, retiran el peine. Las fuerzas superiores del Ser pueden liberar a la Esencia de las ataduras de la voluntad torcida y de la mente envenenada. Pero contra la manzana nada pueden.
El detalle es de una precisión asombrosa. La manzana está envenenada sólo en su mitad roja; la mitad blanca es inofensiva, y la reina la come delante de la niña para ganarse su confianza. Es el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. La energía creadora, sagrada en sí misma, se vuelve veneno en su polaridad pasional. La mitad blanca es la energía transmutada, la que asciende y edifica; la mitad roja es la misma energía precipitada hacia abajo, la que hace caer. El Ego siempre muestra la mitad inocente para vender la mitad mortal. En El Matrimonio Perfecto, Samael sostiene que la caída edénica no fue una desobediencia abstracta, sino un mal uso de la fuerza sexual, y que esa misma fuerza, bien empleada, es la escalera del retorno. Blancanieves muerde el rojo y cae. Es la caída adámica repetida, en miniatura, en cada alma.
VIII. El ataúd de cristal
Los enanos no logran reanimarla. Pero no se deciden a sepultarla en la tierra negra: su rostro sigue fresco, sus mejillas conservan el color de la vida. Construyen para ella un ataúd de cristal, graban en él con letras de oro su nombre y que era hija de un rey, y lo colocan en lo alto de la montaña. Uno de ellos permanece siempre de guardia.
Entonces llegan tres aves a llorarla: primero una lechuza, después un cuervo, finalmente una paloma. Nadie familiarizado con los textos alquímicos puede leer esta secuencia sin estremecerse. El cuervo es el emblema de la nigredo, la cabeza negra de la obra; la paloma, el de la albedo y del Espíritu Santo; la lechuza, ave de Minerva, la sabiduría que vela en la noche. Las aves anuncian que la muerte de Blancanieves no es un final sino una fase. La obra está en marcha, y la niña atraviesa de nuevo los colores de su nacimiento.
El ataúd de cristal es el estado de la Esencia caída pero no perdida. Transparente, porque la conciencia no ha sido destruida sino aprisionada; expuesto en la cumbre, porque el Ser jamás pierde de vista a su chispa. Las letras de oro proclaman el linaje: es hija de un Rey. La Gnosis enseña exactamente esto: por profundamente dormida que esté, la Esencia es de naturaleza divina, y su origen permanece inscrito en ella con el oro incorruptible del Espíritu.
Blancanieves yace así largo tiempo sin corromperse. Es la larga noche de la humanidad, que vive, trabaja, ama y muere en un sueño de cristal, creyéndose despierta.
IX. El príncipe y la sacudida
Un día llega un príncipe, contempla el ataúd, lee las letras de oro y ruega que se lo entreguen. Los enanos, conmovidos por su devoción, acceden. Mientras los criados lo transportan, uno de ellos tropieza con un arbusto; con la sacudida, el trozo de manzana envenenada salta de la garganta de la niña. Blancanieves abre los ojos.
En la versión de los Grimm no hay beso. Hay algo más profundo: el despertar es producido por un choque. La Gnosis habla precisamente de despertar la conciencia, y sabe que la conciencia no despierta por acumulación de conceptos ni por consuelos sentimentales, sino por sacudidas: el recuerdo de sí, la crisis que rompe la mecánica, el instante en que el hombre se ve de verdad. El fragmento de manzana, el deseo alojado en la garganta, que es el centro del verbo, debe ser expulsado para que la palabra y la mirada vuelvan a la vida.
El príncipe es el Cristo Íntimo, el Logos que desciende al fondo de nuestra naturaleza para rescatar a su amada. Viene de lejos, de un reino que no es el de la madrastra. No lo atrae la belleza de un cadáver, sino el oro de la inscripción: reconoce a la hija del Rey. Y hay en su gesto una enseñanza delicada. El Cristo interior no arrebata a la Esencia contra la voluntad de los cuerpos del Ser, sino con su consentimiento. Los enanos entregan el ataúd. La guardia paciente de los vehículos, su trabajo y su fidelidad, preparan el advenimiento.
Las bodas que siguen son las Bodas Alquímicas de la tradición rosacruz, la unión del alma con el Espíritu. La rubedo culmina: la niña blanca como la nieve se une al fuego regio. La Esencia, liberada, se desposa con su Señor.
X. Los zapatos de hierro candente
Queda la reina. Invitada a la boda, interroga una última vez a su espejo y escucha que la joven reina es mil veces más bella. No quiere ir, pero tampoco puede evitarlo. Al llegar, reconoce a Blancanieves y queda paralizada de terror. Sobre las brasas la aguardan unos zapatos de hierro al rojo vivo. Debe calzarlos y danzar hasta caer muerta.
A la sensibilidad moderna este final le parece bárbaro, y por eso desapareció de las adaptaciones. Pero en clave gnóstica es el desenlace más necesario de todo el relato. El Ego no se reforma, no se educa, no se reconcilia: debe morir. La enseñanza de Samael es inequívoca en este punto. Sin la disolución de los agregados psicológicos no hay liberación posible, y el ser humano no puede lograrla con sus propias fuerzas, porque la mente no puede destruir a la mente. Es necesario el auxilio de un poder superior a ella: la Madre Divina Kundalini, la serpiente ígnea que, invocada en el instante de la comprensión, reduce a cenizas el defecto comprendido.
Los zapatos de hierro candente son ese fuego. El Ego, que durante toda la historia pretendió reinar, debe al final danzar sobre las brasas hasta consumirse. Y es significativo que su muerte ocurra en la fiesta de bodas: la disolución del yo y la unión con el Ser no son dos acontecimientos distintos, sino dos caras del mismo misterio. Allí donde el yo muere, el Cristo nace.
La madre muerta del principio, la verdadera madre, regresa así sin nombrarse, convertida en fuego purificador. La usurpadora cae ante la potencia de aquella a quien suplantó.
El cuento que nos cuenta
Si ordenamos la historia con la mirada de la Gnosis, aparece con nitidez la estructura de los tres factores de la revolución de la conciencia. Morir: la madrastra danza sobre el fuego hasta extinguirse. Nacer: Blancanieves despierta del ataúd y se desposa con su príncipe, en ese segundo nacimiento del que Jesús habló a Nicodemo. Sacrificarse: la niña sirve en la casa de los enanos, y los enanos velan por ella sin esperar nada a cambio.
Blancanieves no es un personaje de otro tiempo. Es la parte más pura de cada uno de nosotros, expulsada del palacio en la infancia, perseguida por una madrastra que se contempla sin descanso en el espejo de la mente, tentada por cordones, peines y manzanas, dormida en un ataúd de cristal a la vista de todos. Los enanos cavan todavía en nuestras montañas. El príncipe todavía viaja. La pregunta del cuento nunca fue quién es la más bella del reino, sino quién reina en nosotros.
Los antiguos sabían que lo esencial debía esconderse en lo más sencillo, y por eso confiaron a los niños lo que negaron a los doctos. Somos herederos de esa sabiduría. Volver a leer los cuentos es aceptar la herencia.
Lecturas recomendadas
Jacob y Wilhelm Grimm, Cuentos de la infancia y del hogar, relato n.º 53, edición de 1857.
Samael Aun Weor, El Matrimonio Perfecto.
Samael Aun Weor, Tratado de Psicología Revolucionaria.
Samael Aun Weor, La Gran Rebelión.
Samael Aun Weor, Las Tres Montañas.
Samael Aun Weor, El Misterio del Áureo Florecer.
Johann Valentin Andreae (atrib.), Las Bodas Químicas de Christian Rosenkreutz.


